1.2.13

Contraluz

...ya no queda una piedra en pie en pie porque el viento lo derribó, ya no queda nada de ayer porque el viento se llevó. 


Era como caer un torbellino sin fin en el que se sucedían ráfagas de decepciones sin parar, una espiral eterna de los mismos colores, de los mismas ráfagas. No creí poder ir más allá ni tampoco creía poder salir, había dejado de perseguir su reflejo y sus pesadillas se colmaban con las sombras de la locura y algo de esa cotidianidad que tanto odiaba. Por momentos simplemente se quedaba sin aire, era como un muñeco de felpa que en las fauces de un perro se movía como la pantomima de un bailarín de sombras hasta desaparecer completamente del escenario, hasta no dejar ninguna sombra, hasta no ser más que hilos enredados entre si que no atinaban delinear su antigua silueta. 
Estaba naufragando, inevitablemente la corriente arrastraba su cuerpo a las orillas de la nada, el odio había roído su ser en el mar del desengaño... y ahora naufragaba y perdía.

Algo calentaba su espalda. Abrió los ojos y el cielo le daba su mirada, las nubes se arremolinaban rápidamente  casi delicadamente, a ratos el cielo parecía querer irsele encima. Era hipnotizante, se sabía sobre un suelo cálido, en un lugar conocido... el suelo se partía a su alrededor, el lugar se iba abajo... pero no el cielo con esas sombras del amanecer, con esa oscuridad tan blanquecina que no se decidía  a desaparecer, con esa luna que no entendía de horarios, con el sol que no despertaba, el cielo  solo se habría como queriendo cerrarse sobre todo.

Había naufragado, hoy, ayer, tal vez hace mucho... pero debía despertar, porque el día llegaba. Solo que ahora lo hacía a contra luz.