9.1.13

El arroz quemado


Era una casa pequeña, tres cuartos pequeños y un baño aglomerados en un pequeño espacio, era vecindad de esas que salen en las telenovelas pero más marginal, aunque mi madre haciendo acopio de su gracia la había convertido en un hogar muy agradable, agregando flores por aquí, aromas por allá, cociendo nuevas cortinas,  manteniendo todo limpio y ordenado. Era reconfortante estar ahí, en la belleza de la humildad.
Ahí vivía con mi madre, también mi padre pero el casi nunca estaba, era una figura que llegaba muy entrada la noche y salía mucho antes que el sol, para mi éramos solo mi madre y yo y de alguna forma para mi padre solo eran él y mi madre. Éramos una familia dividida en pequeñas sociedades pero no importaba, así íbamos bien.
Mi madre era yo con un poco menos de gracia, era alta, delgada y su única gran vanidad consistía en un lacio y largo cabello rubio que le caía en cascada sobre los hombros. Era bella, claro, para mí la más bella, pero siempre usaba esas faldas a media pierna y esos sacos grises que me recordaban a aquellas aspirantes a monjas y tenía una expresión fría e inexpresiva en el rostro.  Daba miedo si no la conocían pero yo que había vivido tanto con ella, había visto sus sonrisas, sus lágrimas, habíamos cotorreado de esto y de aquello y a decir verdad era muy buena contando chistes. Solo con extraños era quien parecía ser.
Nuestra vida siempre fue tranquila, rutinaria, con los matices de la cotidianeidad hasta que lo conocí. Acababa de cumplir 14 años y entre libros lo conocí, me gusto de inmediato, como solía gustarme cambiar el peinado de mis muñecas o agregar adornos a mi vestuario. Fue algo extraño, ahora me gustaba alguien que caminaba y respiraba. Era alto, moreno, con unos penetrantes ojos miel y un cabello negro azabache que se acomodaba grácilmente sobre su cabeza. Yo debí de gustarle también,  tenía muchos atributos, era alta, delgada como madre y había heredado su dorada cabellera. En adición, yo a diferencia de mi madre encontraba mejor armadura en una sonrisa permanente y una alegría indiferente. Así que nos gustábamos y con el tiempo él comenzó a ir a casa. Sabía que mi madre se debatía entre su buena personalidad y el hecho que andaba tras las faldas de su hija…. A veces ganaba lo primero, otras no.
Ese miércoles, me desperté como de costumbre, eran días festivos pero yo siempre madrugaba mientras observaba los agiles movimientos de mi madre por arreglarlo todo antes de irse a su trabajo como dependienta de una tienda.
Té y tostadas, no había mejor desayuno que eso. Yo desayunaba tranquilamente esperando que sonará el timbre. No demoró en sonar y pronto él apareció sonriendo con su dentadura perfecta, ni mi madre podía resistir eso y como de costumbre fue invitado a desayunar. Conversaba de cualquier cosa sin aburrirme, era fácil seguir sus palabras e imposible no perderme en sus gestos. Mi madre desaprobaba mi admiración sin duda, pero que otra cosa podía hacer con ese ser que era fruto de mis hormonas recién estrenadas.
Así pasamos la mañana, conversando e intentando resolver ecuaciones. Con él progresaba más que sola a pesar de la incesante conversación.
Mi madre anuncio a casi media mañana que debía irse, que ese día volvería más pronto y que dejaba el arroz cociéndose, que 20 minutos serían suficientes. Yo asentí, siempre era igual. La vi dirigirnos una mirada inquieta que sus rasgos fríos no pudieron ocultar y salir.
Todo eso lo recuerdo como si hubiese sido hace pocas horas, pero lo que siguió apenas puedo recordarlo, y algunas imágenes se superponen, he llegado al punto en que no sé que es real o que producto de mi desesperación por llenar esas huecos.
Creo que me levante a cerrar la ventana de la cocina, tal vez porque hacía mucho frío o porque no quería a ningún vecino curioso rondando por ahí, no lo sé, pero la cerré y el se levanto tras mío.  Conversábamos de algo serio, estoy segura, por las expresiones que recuerdo.  Nuestro dialogo no duro mucho y lo abrace, me gustaba sentir su espalda dura entre mis brazos, yo era tan delgada que el agarraba mi cintura con una mano y parecía medio rodearla, eso me encantaba, me daba la sensación de ser una muñeca que él podía sostener en una mano sin problema. No sé porque, pero eso me enloquecía.
Y esa vez me enloquecía.
Recuerdo haberlo besado mientras escuchaba los brotes del arroz a mis espaldas, aunque esto último es un recuerdo vago, el candor de sus labios, su aliento, el ardor que me provocaba besarlo, eso es, en cambio,  tan real.
Recuerdo haber estado contra la cocina que se sentía bastante caliente, tal vez por el arroz que hervía o simplemente por el contacto de nuestros cuerpos, pero algo ardía, afuera o adentro… tal vez ambos.
Como un juguete me levanto sobre las hornillas que no estaban encendidas, eso es lo último que medio recuerdo, el resto es una mancha confusa de calor, besos, pasión y sexo…. Ese día descubrí muchas cosas, descubrí el sexo y el amor, ese día sentí que lo amaba, solo ese momento eterno. No sabía que quemaba más si mi cuerpo o mi corazón.
Toda esta confusión de sensaciones y sentimientos acompañada por un  olor que desde entonces asocio a esos momentos y a él: el aroma del arroz que se quemaba.
Ese olor es lo más claro de todo.
El resto ya no es nada, es rutina, es oscuridad, es nuevas camas, nuevos amantes, hijos, carreras, nada.  Y del todo solo me queda el arroz quemado.