Lo puedo ver en tus ojos, vienes de una noche de amor
El mundo se sentía muerto, no había sonado el celular, no
había escuchado a los vecinos, las calles parecían abandonadas y el cielo, el
cielo era lo peor, tenía ese color de incertidumbre.
Pero tal vez no era si, tal vez no estaba viendo a su
alrededor sino en su interior, y lo que veía era el paisaje que precede al
adiós. Había sido diferente hace un tiempo, cuando decidió decir esas dos
palabras mortales.
Había pensado en ello tanto, había buscado tantas salidas
lógicas, había intentado razonar consigo misma, pero el enredado camino de sus
pensamientos le llevaba siempre a lo mismo: lo amaba y ya había entregado su
corazón sin saberlos.
Sus palabras, sus gestos, los momentos que se habían
dedicado… todo había confabulado en su contra, de a poco su corazón se
desprendió de su pecho y fue a nuevas manos. Paso noches en vela preguntándose qué haría
con el inminente rechazo, que haría sin su amigo. Porque era consciente del rechazo, sabía que
no habría otra respuesta que un no… pero sabía que se lo iba a decir, que no
hacerlo era ser hipócrita, tenía que cumplir con la honestidad que demandaba la
amistad al menos hasta que hubiese amistad.
Dejo pasar el tiempo, entre bares y mentiras pensó que todo
pasaría como una gripe, pero cada día era más inminente lo que sentía. Cada día le dolía verlos alejare, le dolía verlo feliz porque sabía que no era por ella, cada palabra suya le dolía, estaba perdiendo la razón, lo sabía y la única forma de recuperarla era aferrándose a la tristeza de su adiós.
El día que se lo dijo, el sol salió a burlarse de ella, por
un momento pensó que podría llegar anhelar un final de telenovela que la parte
que había perdido sería suya de nuevo.
Se engaño por unos segundos, porque en verdad sucedió lo que
sabía que pasaría. Y hoy, estaba él, ahí, en el mimo lugar esperándola para
decirse adiós.
Un adiós del que solo recuerda ese abrazo, un adiós desde el
cual su corazón ya no late sino que susurra la voz de ese amigo que ama.